Como en todo desván, las cosas se amontonan, se llenan de polvo, y se transforman lentamente en pequeños tesoros, joyas en miniatura de nuestra historia. Las pequeñas anécdotas del mobiliario toman formas grotescas, sombras chinas que, con manos de 100 dedos no llegamos a delinear por completo. En mi desván no hay arañas, ni corazones rotos ni tristezas de sucidas: hay ironía y muchas ganas de festejar la vida, aunque no sea más que una manifestación admirable y modesta de lo absurdo...
viernes, junio 17, 2011
Regreso
Cuando dejé de exprimir la cabeza como un cítrico, las ideas han dejado de ser tan ácidas. Volví a azucarar el teclado de mis dedos, se suavizaron las uñas que raspaban la piedra lavada, y ahora, así sin más, volví a escribir con la mirada.
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